Invierno ruso

Ruslana remueve su copa y mira la banda que toca a pocos metros de nosotros. Apura su bebida y me dice: “No puedo ir a la cárcel. Tengo dos hijos.” Hablamos sobre los tiempos que corren en Rusia y de las opciones para ciudadanos que quieran cambiar las cosas, como ella. Es atractiva y algunos hombres intentan llamar su atención colocando torpemente sus copas cerca o interrumpiéndonos con cualquier excusa. Trabaja para una ONG de San Petersburgo y le atrae Europa, pero dice que la ue le parece muy burocrática. Me pregunta si tiene futuro.

Por aquí, los antros nocturnos son idóneos para hablar de política. Ruslana tiene esperanza en el mediático líder opositor y bloguero Alekséi Navalny, cuya popularidad ha aumentado por sus revelaciones sobre la corrupción del primer ministro Dmitri Medvédev. Pero las sistemáticas restricciones y juego sucio contra grupos opositores, junto con medios controlados por el poder, neutralizan cualquier competición política real. Para algunos, sin embargo, Navalny es el primer político de verdad en Rusia desde Yeltsin, aunque tenga que jugar la carta populista.

Fuera del bar, los canales del río Fontanka están helados. Los empleados de limpieza municipal caminan por encima y retiran la basura de la superficie, antes de parar para fumar junto al pretil. Una fina capa de nieve sucia y hielo cubre las calles. En una noche así conozco al afable Andrey, periodista independiente y activista. Ha sido detenido en varias de las protestas de los últimos años. Vivir en primera persona los efectos del putinismo no parece agriar su carácter cercano ni buen humor y habla sin tapujos sobre la Rusia actual.

 

Cuando dejas la plaza. Historias de Ucrania

Las protestas del Maidán de fines 2013 y principios de 2014, a las que millones de ucranianos se refieren como la Revolución de la Dignidad, sacaron a la calle a mucha gente cansada de la corrupción, la inseguridad y la falta de oportunidades, y contrarios al gobierno del entonces Presidente Yanukovych. Tras la caída de éste, Rusia se anexionó Crimea y apoyó revueltas en el este del país. Los activistas y reformistas que ocuparon las plazas intentan mantener el espíritu del Maidán y hacer de Ucrania un país más democrático y justo, pero se enfrentan a una élite política oligárquica que frena reformas clave, a una dura crisis económica con costes sociales, y a un ambiente polarizado con la guerra con Rusia.

Los cinco dogmas del populismo geopolítico

En uno de los pasajes de El mundo de ayer, Zweig habla de su amistad con uno de los padres de la geopolítica moderna, Karl Ernst Haushofer, a quien conoció en sus viajes por Asia. Un perplejo Zweig confiesa su sorpresa cuando escuchó más tarde una posible vinculación del trabajo de ese sesudo militar alemán “cultivado, de cara huesuda y aguda nariz aguileña” con el “feroz agitador obsesionado con el nacionalismo alemán en su sentido más brutal” (Hitler). Todavía se discute en qué medida las enseñanzas de Haushofer, que tuvo a Rudolf Hess entre sus discípulos, impulsaron la idea de lebensraum y el proyecto nazi de un imperio colonial en el Este basado en la esclavitud de razas “inferiores” (Untermensch). Poco después de ser exonerado en Nuremberg, Haushofer y su mujer seguirían el destino de Zweig y la suya, suicidándose. Zweig invocaba el paso del tiempo para justificar a su antiguo amigo en perspectiva, a pesar de que atribuía a sus teorías gran responsabilidad en el refuerzo conceptual de la política agresiva del nazismo. El lebensraum, decía, justificaba en términos de necesidad “cualquier anexión exitosa, incluida la más autocrática”.

La geopolítica, con su visión determinista de Estados y poderes regionales como entes orgánicos con necesidades propias como los animales –y no circunstanciales al ser dirigidos por personas concretas– y con su énfasis en grandes poderes, hace suya la máxima de Tucídides de que “los fuertes hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que tienen que sufrir”. Esta escuela reinventa viejas nociones de esferas de influencia y tiende a dar un barniz de legitimidad a políticas propias del imperialismo clásico y sus abusos. La geopolítica, sin duda, está en auge en esta era de líderes autoritarios, en pleno declive del multilateralismo y de la visión normativa de la escena global que parecía afirmarse en los 90. A ello se une una confusión discursiva que identifica erróneamente las relaciones internacionales o la geoestrategia con la geopolítica, una disciplina de pretendida naturaleza descriptiva, pero que preconiza una visión muy concreta del mundo y donde no hay margen para valores democráticos o derechos humanos.

¿Una Gran Sociedad Europea?

En su ensayo ¿Una gran ilusión?, escrito en 1996, Tony Judt argumentaba que el mito de Europa se construyó sobre lo que no habría sido sino el resultado fortuito de distintos intereses y culturas políticas, “necesario dadas las circunstancias” de la postguerra y “posible por la prosperidad” que vivió Europa Occidental tras su reconstrucción. En la agenda de las élites de lo que era en esencia un club de la Europa rica, habían primado intereses nacionales coincidentes en ese momento. EEUU resolvía el problema de seguridad ante el bloque soviético, tras cuyo Telón se encontraba esa otra media Europa, exótica y desconocida. Había habido poco del idealismo pan-europeo con el que muchos crecimos en los 90 del Tratado de la Unión, antes de un nuevo milenio que trajo la crisis económica y social, el auge de la eurofobia y el deterioro de relaciones entre los 28 Estados que forman la UE. Era pues una ilusión concebir que tales circunstancias en origen pudieran proyectarse de forma indefinida hacia el futuro, e insistir en su destino manifiesto de expansión continua. Judt, tan clarividente, anticipaba que las costuras del corsé en torno al mito de Europa terminarían saltando en una Unión ampliada, con desiguales niveles económicos e intereses divergentes. Alcanzar la unión estrecha de los pueblos de Europa sería “imposible en la práctica” e “imprudente” seguir prometiéndola como panacea.

Tenía razón. La UE, como todo proyecto colectivo humano, es históricamente contingente. Sin tampoco caer en determinismos ni profecías agoreras, los proyectos aglutinadores suelen entrar en fase de crisis existencial cuando las circunstancias que los crearon e hicieron posibles, desaparecen por una mezcla de factores internos y externos transformadores -y no pocas veces fruto del azar también-.

Algo parecido le pasa a la UE. Es evidente que las circunstancias hoy no son las mismas que las que vieron nacer la integración. No lo es tampoco el perfil de gran parte de los líderes políticos y élites en Estados miembros e instituciones. El líder y decisor europeo actual es utilitarista, más condicionado que nunca por la agenda inmediata e intereses a corto plazo -construir a largo plazo se ve como quimera- y por la propia lógica bizantina de la UE. Más allá de casos como el británico o Polonia, hay un gran escepticismo con los beneficios de actuar en un marco común europeo que se ve como menos legítimo; en esa percepción, son a menudo sacrificios que no siempre compensan las ventajas de ir por libre en lo posible. Asimismo, si bien la transformación digital debería tener una vertiente europea, no sabemos cómo van a salir ni las democracias nacionales ni Europa en su conjunto de los cambios que vivimos. La UE y sus Estados nación están en una posición complicada entre proyectos políticos de aldeas globales sin fronteras y tribus locales pro fronteras y puentes levadizos. La vuelta de las políticas de identidad y los nacionalismos pone sobre las cuerdas a una Europa postmoderna en la que se diluirían o mitigarían las identidades nacionales y regionales.

Winter in Russia

Ruslana shakes her glass and gazes at the band playing just a few yards from us. She finishes her drink before saying: ‘I cannot go to jail. I have two children.’ We talk about the state of play in Russia and the options for citizens who want change, such as her. She is an attractive woman, and several men seek to grab her attention by clumsily placing their drinks nearby or interrupting us on some vague pretext. Ruslana works for an NGO in Saint Petersburg and is drawn by Europe, but she says the EU seems very bureaucratic. She asks me if it has a future.

The nightspots in these parts are ideal for talking about politics. Ruslana’s hopes are invested in the media-savvy opposition leader and blogger Alexei Navalny, whose popularity was boosted by his revelations of corruption against the prime minister, Dmitri Medvedev. But systematic restrictions and foul play deployed against opposition groups, together with the extent of state control within the media, neutralizes any real political competition. To some, however, Navalny is the first real politician Russia has had since Yeltsin, even though he is obliged to play the populist card.

Interpreting the Catalan elections

The challenge of assessing the outcome of yesterday’s regional elections in Catalonia is that several actors in this crisis can claim different forms of victory – and are doing so – from different frames (majority in terms of seats neglecting share of votes, etc.). This, uncertainty and a strong component of post-truth politics in the secessionist camp, have been the defining features of a full-fledged crisis that has seen competing narratives about democracy, rule of law and basic constitutional covenants, first and foremost among the clashing camps in Catalonia. Such diametrically opposed framing and narrative building have also shaped the political framing elsewhere in Spain and at the international level.

Given the complexity of the results, their myriad implications and the renewed uncertainty about what comes next, it is important to perhaps distinguish between big read takeaways and deeper changes in the political and social landscape in Catalonia, which are sure to condition the region and Spain as a whole.

Curtain comes down on Balkan Hague tribunals

 have only seen Ratko Mladić on television and on my computer screen, but I am well aware of his legacy in eastern Bosnia. Earlier this decade, I spent two years in Foča, a mountainous district in the Upper Drina Valley near the borders with Montenegro and Serbia.

Apart from its rugged nature, the Drina Valley is known because of what happened there during the Bosnian War (1992-95). Despite the overwhelming media attention on the besieged Sarajevo, much of the ethnic cleansing of Bosnian Muslims was carried out in isolated rural areas, in places such as Goražde, Višegrad, Srebrenica and Foča itself.

Mladić was born there, in Kalinovik, a scruffy and isolated village on the high planes of Treskavica. And while he may be despised internationally, the “General” enjoys a hero’s standing among many Serbs in the region, as evidenced by the graffiti supporting him that I used to see when I arrived in the valley in 2010 as a human rights officer for the OSCE.

Reading the recent sentence by The Hague Tribunal for the former Yugoslavia, two memories from that time come to mind: the local response to his arrest, and our work in the mass graves he and others created.

De Mladic, Praljak y La Haya

Solo he visto a Ratko Mladic en la televisión y el ordenador, pero conozco bien su legado en Bosnia oriental. Viví un par de años a principios de esta década en la municipalidad de Foca, en el Alto Valle del río Drina, fronterizo entre Bosnia, Montenegro y Serbia. Mladic nació por allí, en Kalinovik, un pueblucho apartado en las altiplanicies de Treskavica. Es una región de montes, cañones y nieblas, muy aislada, sobre todo en invierno. Más allá de su magnífica naturaleza salvaje, el Valle del Drina es conocido porque durante la guerra de Bosnia (1992-95), cuando casi todas las cámaras miraban al sitiado Sarajevo, en poblaciones como Gorazde, Visegrad, Srebrenica o la propia Foca se llevó a cabo gran parte de la limpieza étnica de bosnios musulmanes y otros crímenes dantescos.

Yo llegué al Valle algo más de una década después para trabajar en derechos humanos con la OSCE, con un mandato que buscaba contribuir a enmendar ese legado de Mladic y otros. Más allá de los grafitis en su apoyo que solía ver en callejuelas y ruinas, el General serbo-bosnio juega un papel importante como héroe en el imaginario local y ciertos sectores políticos y sociales en Serbia. Leyendo la reciente sentencia del Tribunal de La Haya para la antigua Yugoslavia, dos momentos concretos me vienen a la cabeza: cuando le arrestaron y nuestro trabajo en fosas comunes (sus fosas, esto es).

Del “procés” catalán y los Balcanes

A pesar del ruido sobre Cataluña, hay que seguir refutando las posverdades del procés, con la esperanza de recuperar el seny. Vista la tendencia de sus spin doctorsde apropiarse sin rubor de causas ajenas, es además preciso hacerlo por respeto a las ilusiones y dramas de otros pueblos, gratuitamente banalizados. Estaapropiación indebida incluye selectivas comparaciones con Balcanes; en concreto, con la secesión de Eslovenia en 1991, como independencia diferida, y de Kosovo (2008), como independencia unilateral proclamada por un parlamento, como hizo la mayoría secesionista el pasado 27 de octubre.

Volverán sobre estos casos, así que dejemos claro en qué no se parecen. En el caso esloveno, el ex primer ministro, Alojz Peterle, subrayaba en estas páginas el fin del bloque comunista, el desmembramiento de Yugoslavia y la unidad política para la independencia. El Estado matriz no era democrático y, en los 90, lo controlaba un Slobodan Milosevic autoritario y cínico promotor de la Gran Serbia que terminó sus días en La Haya. También era distinto el marco constitucional y, en el caso de Eslovenia, permitía su autodeterminación. El apoyo a la independencia en una Eslovenia homogénea alcanzó el 90% en un referéndum con participación superior al 90%. Por su parte, la declaración de independencia de Serbia realizada por el Parlamento kosovar en febrero de 2008, no siguió a un referéndum y fue boicoteada por la minoría serbia (11 de 120 representantes). Guste o no, representa la realidad demográfica, social y política de este país hoy, con una población albanokosovar muy mayoritaria. Son cifras de representatividad y legitimidad muy diferentes a las del procés, como confirmó el 1 de octubre y la República Catalana proclamada en otra grotesca sesión de un Parlament semivacío, con 70 votos secretos sobre 135 y que equivalen en torno a un 35% del censo. El problema de estos movimientos, eso sí, es que pueden terminar imponiéndose y creciendo en apoyos ante errores del contrincante, y hastío e incomparecencia de los demás.

Three myths about Catalonia’s independence movement

A romantic framing of foreign crises where self-determination is involved is a common trap. The imagery of “oppressors” vs “freedom fighters” is appealing and, to their credit, the leaders of Catalonia have been successful in promoting their agenda abroad in just such terms – sometimes going as far as referencing Nelson Mandela’s struggle against apartheid.

Combined with the soft power appeal of cosmopolitan Barcelona, there is much confusion abroad on the nature of the current crisis in Catalonia, and myths and stereotypes abound – helped by the likes of Assange and similar figures.

This article seeks to test some of these myths, in order to shed light not only on the Catalonian referendum debate but on the wider issues for pluralistic democracies and the rule of law. The dynamics in the Catalan debate are similar to those at play in other European countries in the age of populism and are therefore of fundamental importance for the future of Europe as a whole.

Myth One: A legitimate and democratic referendum process unjustly constrained by the Spanish state

La frivolidad de esta era política

Todos frivolizamos alguna vez. La frivolidad ante los hechos más dramáticos, las verdades más terribles o las decisiones de mayor impacto a veces funciona como un mecanismo de autodefensa. Este parece ser especialmente el caso en tiempos de inseguridad e incertidumbre como los actuales, con un aire de esperpento o tragicomedia. Por delante de nuestra pantalla del móvil, la tableta o la televisión circulan sin lógica aparente pero sobre todo sin parar imágenes dantescas de brutalidad extrema, como la decapitación en directo de víctimas del Daesh, seguidas de imágenes del absurdo más absoluto, propias de una parodia. El absurdo, pongamos, del antepenúltimo tuit viral del presidente norteamericano -decidido claramente a ser un líder mundial por lo menos en esta categoría-. En él, con un montaje de un combate televisado de lucha libre en el que, cual energúmeno, se lanzó al cuadrilátero para derribar a árbitro, finge atacar a golpes a la CNN, acusándole de publicar falsedades sobre él.

Cierta dosis de frivolidad es comprensible, y quizás sea necesaria para mantener la cordura y la distancia. Pero hay dos variantes de frivolidad política y social que deberían preocuparnos de forma particular. La primera es la ligereza con la que se toman o no toman, bajo criterios cortoplacistas, partidistas o intereses aún menos generales, decisiones trascendentales para el bienestar de nuestros países y sus ciudadanos. Va acompañada de machacones mensajes y spin político que a menudo no significan nada realmente. La segunda es la sorprendente facilidad con la que se rebasan en nuestro lenguaje político y nuestra comunicación social las fronteras entre tragedia y parodia, entre aquello de lo que uno como norma no debiera reírse o hacer mofa fácilmente, y la mofa o broma en sí. Esta última frivolidad es distinta a la sátira, pues no contiene ninguna lección aprovechable para el pensamiento crítico y la democracia.