Vieja Ucrania, nueva Ucrania

Anna mira fotos de las víctimas en la plaza del Maidán.
Anna mira fotos de las víctimas en la plaza del Maidán.

En los 90, cuando los niños entonaban el himno nacional, como todos los lunes, en su escuela en Sambir (al oeste de Ucrania), Anna no sentía nada. Era un rito ajeno, relativo a un ente impersonal, el Estado, que no concitaba muchos sentimientos. Más bien, recelos. Ante esa superestructura burocrática corrupta, al igual que en Rebelión en la Granja de George Orwell, unos eran más iguales que otros. Una superestructura capaz de prestar algunos servicios públicos —y de oprimir cualquier atisbo de disidencia—. El nuevo Estado independiente se parecía mucho al anterior, en la URSS.

En Ucrania, de manera aún más acusada que en otros países del extinto bloque comunista, las élites soviéticas se adaptaron para preservar sus cuotas de poder, repartiéndose los recursos públicos con los oligarcas. Estos, hasta hoy, han sido los dueños (literalmente) del país, divididos en clanes como el de Donétsk, al que pertenecía el caído presidente Víktor Yanukóvych.

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