Los cinco dogmas del populismo geopolítico

En uno de los pasajes de El mundo de ayer, Zweig habla de su amistad con uno de los padres de la geopolítica moderna, Karl Ernst Haushofer, a quien conoció en sus viajes por Asia. Un perplejo Zweig confiesa su sorpresa cuando escuchó más tarde una posible vinculación del trabajo de ese sesudo militar alemán “cultivado, de cara huesuda y aguda nariz aguileña” con el “feroz agitador obsesionado con el nacionalismo alemán en su sentido más brutal” (Hitler). Todavía se discute en qué medida las enseñanzas de Haushofer, que tuvo a Rudolf Hess entre sus discípulos, impulsaron la idea de lebensraum y el proyecto nazi de un imperio colonial en el Este basado en la esclavitud de razas “inferiores” (Untermensch). Poco después de ser exonerado en Nuremberg, Haushofer y su mujer seguirían el destino de Zweig y la suya, suicidándose. Zweig invocaba el paso del tiempo para justificar a su antiguo amigo en perspectiva, a pesar de que atribuía a sus teorías gran responsabilidad en el refuerzo conceptual de la política agresiva del nazismo. El lebensraum, decía, justificaba en términos de necesidad “cualquier anexión exitosa, incluida la más autocrática”.

La geopolítica, con su visión determinista de Estados y poderes regionales como entes orgánicos con necesidades propias como los animales –y no circunstanciales al ser dirigidos por personas concretas– y con su énfasis en grandes poderes, hace suya la máxima de Tucídides de que “los fuertes hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que tienen que sufrir”. Esta escuela reinventa viejas nociones de esferas de influencia y tiende a dar un barniz de legitimidad a políticas propias del imperialismo clásico y sus abusos. La geopolítica, sin duda, está en auge en esta era de líderes autoritarios, en pleno declive del multilateralismo y de la visión normativa de la escena global que parecía afirmarse en los 90. A ello se une una confusión discursiva que identifica erróneamente las relaciones internacionales o la geoestrategia con la geopolítica, una disciplina de pretendida naturaleza descriptiva, pero que preconiza una visión muy concreta del mundo y donde no hay margen para valores democráticos o derechos humanos.

¿Una Gran Sociedad Europea?

En su ensayo ¿Una gran ilusión?, escrito en 1996, Tony Judt argumentaba que el mito de Europa se construyó sobre lo que no habría sido sino el resultado fortuito de distintos intereses y culturas políticas, “necesario dadas las circunstancias” de la postguerra y “posible por la prosperidad” que vivió Europa Occidental tras su reconstrucción. En la agenda de las élites de lo que era en esencia un club de la Europa rica, habían primado intereses nacionales coincidentes en ese momento. EEUU resolvía el problema de seguridad ante el bloque soviético, tras cuyo Telón se encontraba esa otra media Europa, exótica y desconocida. Había habido poco del idealismo pan-europeo con el que muchos crecimos en los 90 del Tratado de la Unión, antes de un nuevo milenio que trajo la crisis económica y social, el auge de la eurofobia y el deterioro de relaciones entre los 28 Estados que forman la UE. Era pues una ilusión concebir que tales circunstancias en origen pudieran proyectarse de forma indefinida hacia el futuro, e insistir en su destino manifiesto de expansión continua. Judt, tan clarividente, anticipaba que las costuras del corsé en torno al mito de Europa terminarían saltando en una Unión ampliada, con desiguales niveles económicos e intereses divergentes. Alcanzar la unión estrecha de los pueblos de Europa sería “imposible en la práctica” e “imprudente” seguir prometiéndola como panacea.

Tenía razón. La UE, como todo proyecto colectivo humano, es históricamente contingente. Sin tampoco caer en determinismos ni profecías agoreras, los proyectos aglutinadores suelen entrar en fase de crisis existencial cuando las circunstancias que los crearon e hicieron posibles, desaparecen por una mezcla de factores internos y externos transformadores -y no pocas veces fruto del azar también-.

Algo parecido le pasa a la UE. Es evidente que las circunstancias hoy no son las mismas que las que vieron nacer la integración. No lo es tampoco el perfil de gran parte de los líderes políticos y élites en Estados miembros e instituciones. El líder y decisor europeo actual es utilitarista, más condicionado que nunca por la agenda inmediata e intereses a corto plazo -construir a largo plazo se ve como quimera- y por la propia lógica bizantina de la UE. Más allá de casos como el británico o Polonia, hay un gran escepticismo con los beneficios de actuar en un marco común europeo que se ve como menos legítimo; en esa percepción, son a menudo sacrificios que no siempre compensan las ventajas de ir por libre en lo posible. Asimismo, si bien la transformación digital debería tener una vertiente europea, no sabemos cómo van a salir ni las democracias nacionales ni Europa en su conjunto de los cambios que vivimos. La UE y sus Estados nación están en una posición complicada entre proyectos políticos de aldeas globales sin fronteras y tribus locales pro fronteras y puentes levadizos. La vuelta de las políticas de identidad y los nacionalismos pone sobre las cuerdas a una Europa postmoderna en la que se diluirían o mitigarían las identidades nacionales y regionales.