Bosnia en el limbo: Introducción

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Ivan Polje

El rítmico sonido de instrumentos y máquinas que removían la tierra y las palabras intercambiadas en voz baja de los trabajadores hundidos en la zanja, mientras apartaban barro, piedras y raíces, interrumpían el silencio del claro. Brillaba un sol primaveral que derretía lentamente la nieve. Esparcidos por la tierra, unos indicadores de papel con números señalaban los restos humanos. Envuelto en una gabardina marrón, absorto en sus pensamientos, el representante de la oficina de la fiscalía bosnia supervisaba la exhumación. Un enorme policía de rostro enrojecido por el sudor o el alcohol aguantaba estoico junto a la cinta de plástico que restringía el acceso a la zona. Algo más lejos, se elevaba una colina donde algunos familiares aguardaban. A contraluz entre los árboles, no era posible ver en detalle sus rostros. Una chica de apariencia elegante seguía el proceso sentada sobre el tronco de un árbol caído, con la cabeza apoyada en sus manos. Un hombre a su lado le acariciaba el pelo. Pensé en indagar sobre su posible parentesco con los cadáveres de la fosa, aunque se salía de lo estrictamente necesario para mi informe. Decidí no hacerlo. Mi cometido en todo aquello era pequeño, no podíamos ocuparnos de casos individuales de víctimas. Tampoco quería jugar el papel de representante internacional que entra de manera brusca en vidas y desgracias ajenas para salir inmediatamente después, generando falsas expectativas.

En cualquier caso, Ranko, el asistente serbo-bosnio que me acompañaba, no estaba por la labor. Centrado en mis notas, procuré ignorar sus persistentes mensajes de lenguaje corporal orientados a terminar lo antes posible y salir de ese claro y ese bosque. Había refunfuñado durante todo el viaje por carretera desde nuestra oficina. A Ranko, de por sí poco trabajador, nuestras actividades en derechos humanos no le gustaban. Pocas semanas antes, en una de esas raras ocasiones en las que hablábamos sobre la guerra, Ranko, chasqueando la lengua, cuestionó que las musulmanas de Foča hubieran sido violadas por chetniks serbios. Hacía esos comentarios con la ligereza con la que muchos niegan o minimizan los crímenes de guerra en Bosnia y los Balcanes. Ranko, arrancado de su rutina de café, tabaco y mañanas enteras pegado al ordenador, no aguantaba supervisar durante horas la exhumación de fosas comunes. Como tantos otros, no veía por qué remover la tierra del pasado, ocultaba verdades incómodas que era mejor dejar tranquilas.

La escena era Bosnia en estado puro. Por un lado, la belleza de los bosques que cubren el país de magnífica naturaleza se entremezclaba con la crudeza de la muerte y violencia que habían marcado su historia reciente. Por otro, el deshumanizado Estado, típico de esa parte de Europa, con sus implacables procedimientos, formularios e indolencia generalizada. La fosa se encontraba a cientos de metros de la carretera que atravesaba Ivan Polje, un minúsculo pueblo de la municipalidad de Rogatica, en Bosnia oriental. En ese punto, ya en la región de Romanija, comienza un altiplano algo inusual en un país tan montañoso e irregular. El paisaje recuerda al Medio Oeste norteamericano, con tambaleantes postes eléctricos junto a una carretera que discurre entre llanuras y un bosque bajo, con montañas en el horizonte. Tomaba esa ruta para regresar a Sarajevo, parando a veces junto a una pequeña iglesia ortodoxa de madera en lo alto de una colina. Desde allí contemplaba la puesta de sol sobre el valle, hundido en nieve durante el invierno. Esa llanura aliviaba la ansiedad que acechaba junto al río Drina. Los lugares más bellos e inocuos, sin embargo, podían esconder los secretos más turbios y crueles, como esos bosques de Romanija o el valle del Drina.

Al cabo de un par de horas, tras cotejar detalles con el fiscal y sacar algunas fotos a la fosa, nos marchamos. Redacté el informe para la oficina central en Sarajevo de la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), para su seguimiento por posibles crímenes de guerra. Los restos de Ivan Polje correspondían a una decena larga de bosniacos asesinados en 1992. Para decepción de Ranko, esa primavera de 2011 tuvimos que regresar varias veces a Rogatica a realizar el mismo trabajo, dado que aparecieron más fosas comunes.

«Cuando tengo hambre, pierdo el control»

Kad sam gladan, nisam svoj (cuando tengo hambre, pierdo el control) era el mensaje de uno de tantos carteles pegados con esparadrapo al duro asfalto de la avenida Maršala Tita, enfrente de la emblemática mezquita Alipasina. Veinte años atrás, los vecinos de Sarajevo habían protegido esta mezquita del fuego de mortero y artillería serbios usando contenedores, vagones de tranvía y autobuses acribillados de proyectiles. Otros carteles clamaban Europo, naša djeca su gladna (Europa, nuestros niños tienen hambre) y pedían la dimisión de políticos y la formación de gobiernos tecnocráticos. Era febrero de 2014, en un entorno muy distinto al del bosque de Romanija tres años antes. Había pocos cientos de personas concentradas y yo me movía entre ellas, curioso ante casi el primer momento político real en Bosnia desde la posguerra. Los medios y algunos analistas hablaban de la Primavera Bosnia, y los manifestantes utilizaban simbología y mensajes políticos similares a los vistos en el movimiento Occupy, Maidán o 15M. Se palpaba una ira indefinida contra la clase política, cogida por sorpresa por el estallido de las protestas pocos días antes en Tuzla.

En una destartalada oficina, Sumejana, algo cansada tras varias noches en vela, me ofreció café y bocadillos. Esta activista pasaba sus días entre comisarías de policía, donde asistía legalmente a los detenidos e investigaba casos de palizas, y los plenums (asambleas populares), donde esos movimientos buscaban organizarse. Hablaba sin tapujos, casi cortante, con el estilo de quien no tiene tiempo que perder. Con tono amargo, reconocía que esos cientos de protestantes eran pocos y que había demasiadas divisiones en los plenums. Pero sobre todo clamaba contra sus conciudadanos, que seguían sentados como cada día en las terrazas y cafés de Baščaršija, la parte vieja de Sarajevo.

El limbo bosnio

La práctica totalidad de los libros, testimonios y reportajes sobre Bosnia se centran en la guerra de 1992-1995: el sitio de Sarajevo, el sufrimiento de la población civil, las cavilaciones de la comunidad internacional, la matanza de Srebrenica o la intervención de la OTAN. También existe mucha literatura del enrevesado sistema institucional diseñado por los acuerdos de Dayton en 1995. Este libro no pretende aportar mucho al respecto, ni tampoco sobre las causas de la guerra, pero sí algo sobre sus olvidadas consecuencias. La lectura convencional suele ser muy reduccionista y sobredimensiona el prisma étnico y la disolución de la antigua Yugoslavia como fruto de «viejos odios étnicos». Se ignoran así elementos clave de poder y clase, como el papel de las élites políticas desde el final de Yugoslavia hasta hoy. La cuestión social, sobre todo, ha recibido una atención secundaria, aunque sea relevante para entender Bosnia, la débil democratización de la región y algunas de las protestas de los últimos años.

Existe un enorme vacío intelectual y de conocimiento sobre Bosnia y la sociedad que emerge de una guerra así cuando el efecto CNN desaparece y las cámaras miran a Siria o Ucrania. La pregunta es doble. Por una parte, cómo es esa sociedad marcada por el pasado pero también expuesta a las convulsas dinámicas del mundo globalizado del siglo XXI. Por otra, qué queda de un diseño internacional tan gigantesco y de proyectos de reconstrucción de Estados cuando las instituciones internacionales entran en decadencia, el país sale de la agenda y los desafíos son los mismos.

He intentado contribuir a estas cuestiones a partir de mi experiencia en el terreno como oficial de derechos humanos de la OSCE entre los años 2010 y 2012 y de un seguimiento cercano desde entonces del país y la política europea aplicada en el mismo. No lo he hecho partiendo solo de Sarajevo, sino sobre todo de la Bosnia rural; para algunos, la verdadera. En concreto, de la parte oriental del país y el famoso valle del río Drina, que inspiró la novela Un puente sobre el Drina, del Nobel Ivo Andrić, y sufrió el grueso de la limpieza étnica de los bosniacos en los noventa. Viví algo menos de dos años junto al Drina, en la pequeña ciudad de Foča, que se integra en la Republika Sprska (RS), una de las dos entidades creadas por los acuerdos de Dayton. Trabajando aislado en esa región fronteriza, me sumergí en los problemas de Bosnia. Fue asimismo una experiencia a caballo entre dos mundos: por un lado, la Bosnia rural y el Drina; por otro, la burbuja política de Sarajevo, con sus diplomáticos, activistas y el submundo alternativo de jóvenes atraídos por causas como el antiautoritarismo o los derechos LGBT, no por el pasado.

El punto de llegada es la Bosnia actual, que teóricamente camina hacia la Unión Europea, pero donde crecen tensiones alimentadas por líderes políticos que ni la comunidad internacional ni la Unión Europea son capaces de gestionar. Parecen apagarse por ahora las llamas de la Primavera Bosnia, que no el conflicto social, y el orwelliano lenguaje político habla de «reformas» mientras prevalece la envenenada política etnonacionalista.

Ese es el contexto: el Drina, la Bosnia rural y la diplomacia europea actual. La perspectiva se nutre de testimonios de gente que conocí o con la que trabajé: víctimas, desplazados internos, activistas y otros personajes peculiares. Vidas anónimas, a menudo olvidadas. Son el detalle borroso, pero con identidad propia, en el extremo del objetivo de la cámara que saca la gran fotografía de la historia.

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