Carta a Europa asediada

Querida y asediada Europa, mira a Occidente. Al otro lado del Atlántico el presidente electo de EEUU simpatiza con Nigel Farage, Vladimir Putin y otros que no te quieren bien (a los hechos me remito, aunque hoy sean un incordio). Un megalómano que prevé el fin de tu Unión -y que se enteró del Brexit de camino a un encuentro de golf en Escocia el mismo día del referéndum-. Sin ser tremendistas, tu aliado más indispensable podría ser algo más imprevisible y caprichoso. Apuesta por esta relación cuando sea preciso, pero no caigas en la pleitesía de la que hacen gala algunos de tus gobiernos, pensando que todo seguirá igual o incluso que irá a mejor. El autoengaño es tentador. Ojalá me equivoque pero el poder suele corromper, no purificar, y Trump llega al Despacho Oval con un bagaje negativo, un sistema de control de poderes débil en política exterior y propuestas dañinas para tu modo de vida. Abre la puerta pero sé exigente. Haz guiños, por ejemplo en defensa, pero marca líneas rojas y no dejes que te dividan (no olvides Irak). Si los grandes principios aún te importan oponte cuando sea imperativo a este EEUU que vuelve a exhibir su peor cara.

El choque de democracias europeas

La ideología tiene muchas ventajas en política y relaciones internacionales. Ver todo problema humano o conflicto bajo un mismo prisma evita el imprevisible e ingrato proceso del análisis, bajo ángulos diferentes, del contexto concreto; pros y contras de las distintas opciones posibles, y nuevos argumentos que aconsejen una vía política distinta a la preferida, por encima de los propios paradigmas, convicciones y prejuicios. Uno gana en seguridad, un bien escaso en esta etapa de incertidumbre y miedo. Las ideas y dogmas políticos infalibles nos dan, además, algo en lo que creer, cuando parece que ya no quedan doseles sagrados, se tambalean las instituciones comunes y el liderazgo convencional no tiene credibilidad.

Una Europa asediada por el miedo

Tenemos miedo. O cuanto menos, en esta nueva era de inseguridad, nos asola la incertidumbre existencial sobre si podremos continuar con la normalidad de cosas básicas como coger el metro, tomar algo en una terraza o ir al área de salidas de un aeropuerto. La normalidad ordinaria de nuestras vidas occidentales, claro, un lujo en el resto del mundo, desde luego en el vecindario de Europa. Vecindario que lleva años en llamas entre guerras, revueltas seguidas de guerras, represión y terrorismo por doquier, en Sahel o Cáucaso, más allá de Oriente Medio. Esa inestabilidad está dentro de nuestras sociedades y precede, mal que les pese a los populistas, pero, desgraciadamente, también a los partidarios del multiculturalismo sin matices, a la dramática crisis de refugiados. Una crisis cuyas fuentes últimas hay que buscar en el colapso de estados diseñados en la etapa colonial, a veces fuertes para ahuyentar a su población civil, a menudo débiles frente al Estado Islámico (IS) y otros. Pero, en esta inestabilidad, también han jugado un papel la impotencia y pusilanimidad de una política exterior occidental aquejada por el síndrome de Afganistán e Irak, o la crisis de la tambaleante arquitectura de gobernanza global. Instituciones que funcionan para salvar a bancos tóxicos que ponen el sistema financiero en peligro, como en 2009, pero no para superar la brutal Realpolitik de los vetos cruzados de grandes poderes que, junto con las interferencias de sus aliados regionales, hacen que crisis como Siria en 2011 sean ya como varias Bosnias.

El Mundo