¿Una Gran Sociedad Europea?

En su ensayo ¿Una gran ilusión?, escrito en 1996, Tony Judt argumentaba que el mito de Europa se construyó sobre lo que no habría sido sino el resultado fortuito de distintos intereses y culturas políticas, “necesario dadas las circunstancias” de la postguerra y “posible por la prosperidad” que vivió Europa Occidental tras su reconstrucción. En la agenda de las élites de lo que era en esencia un club de la Europa rica, habían primado intereses nacionales coincidentes en ese momento. EEUU resolvía el problema de seguridad ante el bloque soviético, tras cuyo Telón se encontraba esa otra media Europa, exótica y desconocida. Había habido poco del idealismo pan-europeo con el que muchos crecimos en los 90 del Tratado de la Unión, antes de un nuevo milenio que trajo la crisis económica y social, el auge de la eurofobia y el deterioro de relaciones entre los 28 Estados que forman la UE. Era pues una ilusión concebir que tales circunstancias en origen pudieran proyectarse de forma indefinida hacia el futuro, e insistir en su destino manifiesto de expansión continua. Judt, tan clarividente, anticipaba que las costuras del corsé en torno al mito de Europa terminarían saltando en una Unión ampliada, con desiguales niveles económicos e intereses divergentes. Alcanzar la unión estrecha de los pueblos de Europa sería “imposible en la práctica” e “imprudente” seguir prometiéndola como panacea.

Tenía razón. La UE, como todo proyecto colectivo humano, es históricamente contingente. Sin tampoco caer en determinismos ni profecías agoreras, los proyectos aglutinadores suelen entrar en fase de crisis existencial cuando las circunstancias que los crearon e hicieron posibles, desaparecen por una mezcla de factores internos y externos transformadores -y no pocas veces fruto del azar también-.

Algo parecido le pasa a la UE. Es evidente que las circunstancias hoy no son las mismas que las que vieron nacer la integración. No lo es tampoco el perfil de gran parte de los líderes políticos y élites en Estados miembros e instituciones. El líder y decisor europeo actual es utilitarista, más condicionado que nunca por la agenda inmediata e intereses a corto plazo -construir a largo plazo se ve como quimera- y por la propia lógica bizantina de la UE. Más allá de casos como el británico o Polonia, hay un gran escepticismo con los beneficios de actuar en un marco común europeo que se ve como menos legítimo; en esa percepción, son a menudo sacrificios que no siempre compensan las ventajas de ir por libre en lo posible. Asimismo, si bien la transformación digital debería tener una vertiente europea, no sabemos cómo van a salir ni las democracias nacionales ni Europa en su conjunto de los cambios que vivimos. La UE y sus Estados nación están en una posición complicada entre proyectos políticos de aldeas globales sin fronteras y tribus locales pro fronteras y puentes levadizos. La vuelta de las políticas de identidad y los nacionalismos pone sobre las cuerdas a una Europa postmoderna en la que se diluirían o mitigarían las identidades nacionales y regionales.

El Reino Experimental

Hubo un tiempo en el que muchos admirábamos las cualidades de la mejor tradición política británica. Leíamos las propuestas que el ejército de Oliver Cromwell, en plena Guerra Civil inglesa, hizo en los debates de Putney, de enorme contenido revolucionario, democrático e igualitario para la época. Nos entusiasmábamos por pensadores como Burke o estadistas como Churchill, por no hablar de fenómenos como los Beatles. Seguíamos las discusiones sobre escuelas, impuestos u hospitales en el Parlamento británico, en las que el representante medio desplegaba una capacidad y elegancia retórica así como sentido del humor muy superiores a los de la Carrera de San Jerónimo. Queríamos un Reino Unido fuerte, con su gran servicio diplomático y su presencia global, en una Europa abierta, una relación que justificaba esa voz discordante y su freno a dogmas federalistas alejados de la realidad.

Pero aquella nostalgia se ve hoy superada por el escepticismo, la sorpresa y el hastío con este Reino Unido. En vez de mirar al pasado, como hace hoy gran parte del segmento político y social de las islas británicas, mejor aceptar su realidad presente. Mejor mirar fríamente a este país, al igual que el EEUU de Trump, como un laboratorio moderno de experimentos políticos y sociales, unos específicos de su contexto, otros menos. Casi, un anti-modelo de políticas y formas de liderazgo que el resto de europeos no deberíamos emular.

En mi opinión, estas elecciones han sido, de nuevo, no tanto sobre el Brexit ni mucho menos Europa. Más bien, han girado en torno a dos formas de liderazgo político que desde perspectivas diferentes se presentan como respuesta ante los males que nos aquejan, como la inseguridad, pero sobre todo como opciones ante las rupturas del consenso político.

Una Europa asediada por el miedo

Tenemos miedo. O cuanto menos, en esta nueva era de inseguridad, nos asola la incertidumbre existencial sobre si podremos continuar con la normalidad de cosas básicas como coger el metro, tomar algo en una terraza o ir al área de salidas de un aeropuerto. La normalidad ordinaria de nuestras vidas occidentales, claro, un lujo en el resto del mundo, desde luego en el vecindario de Europa. Vecindario que lleva años en llamas entre guerras, revueltas seguidas de guerras, represión y terrorismo por doquier, en Sahel o Cáucaso, más allá de Oriente Medio. Esa inestabilidad está dentro de nuestras sociedades y precede, mal que les pese a los populistas, pero, desgraciadamente, también a los partidarios del multiculturalismo sin matices, a la dramática crisis de refugiados. Una crisis cuyas fuentes últimas hay que buscar en el colapso de estados diseñados en la etapa colonial, a veces fuertes para ahuyentar a su población civil, a menudo débiles frente al Estado Islámico (IS) y otros. Pero, en esta inestabilidad, también han jugado un papel la impotencia y pusilanimidad de una política exterior occidental aquejada por el síndrome de Afganistán e Irak, o la crisis de la tambaleante arquitectura de gobernanza global. Instituciones que funcionan para salvar a bancos tóxicos que ponen el sistema financiero en peligro, como en 2009, pero no para superar la brutal Realpolitik de los vetos cruzados de grandes poderes que, junto con las interferencias de sus aliados regionales, hacen que crisis como Siria en 2011 sean ya como varias Bosnias.

El Mundo