Los cinco dogmas del populismo geopolítico

En uno de los pasajes de El mundo de ayer, Zweig habla de su amistad con uno de los padres de la geopolítica moderna, Karl Ernst Haushofer, a quien conoció en sus viajes por Asia. Un perplejo Zweig confiesa su sorpresa cuando escuchó más tarde una posible vinculación del trabajo de ese sesudo militar alemán “cultivado, de cara huesuda y aguda nariz aguileña” con el “feroz agitador obsesionado con el nacionalismo alemán en su sentido más brutal” (Hitler). Todavía se discute en qué medida las enseñanzas de Haushofer, que tuvo a Rudolf Hess entre sus discípulos, impulsaron la idea de lebensraum y el proyecto nazi de un imperio colonial en el Este basado en la esclavitud de razas “inferiores” (Untermensch). Poco después de ser exonerado en Nuremberg, Haushofer y su mujer seguirían el destino de Zweig y la suya, suicidándose. Zweig invocaba el paso del tiempo para justificar a su antiguo amigo en perspectiva, a pesar de que atribuía a sus teorías gran responsabilidad en el refuerzo conceptual de la política agresiva del nazismo. El lebensraum, decía, justificaba en términos de necesidad “cualquier anexión exitosa, incluida la más autocrática”.

La geopolítica, con su visión determinista de Estados y poderes regionales como entes orgánicos con necesidades propias como los animales –y no circunstanciales al ser dirigidos por personas concretas– y con su énfasis en grandes poderes, hace suya la máxima de Tucídides de que “los fuertes hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que tienen que sufrir”. Esta escuela reinventa viejas nociones de esferas de influencia y tiende a dar un barniz de legitimidad a políticas propias del imperialismo clásico y sus abusos. La geopolítica, sin duda, está en auge en esta era de líderes autoritarios, en pleno declive del multilateralismo y de la visión normativa de la escena global que parecía afirmarse en los 90. A ello se une una confusión discursiva que identifica erróneamente las relaciones internacionales o la geoestrategia con la geopolítica, una disciplina de pretendida naturaleza descriptiva, pero que preconiza una visión muy concreta del mundo y donde no hay margen para valores democráticos o derechos humanos.

La frivolidad de esta era política

Todos frivolizamos alguna vez. La frivolidad ante los hechos más dramáticos, las verdades más terribles o las decisiones de mayor impacto a veces funciona como un mecanismo de autodefensa. Este parece ser especialmente el caso en tiempos de inseguridad e incertidumbre como los actuales, con un aire de esperpento o tragicomedia. Por delante de nuestra pantalla del móvil, la tableta o la televisión circulan sin lógica aparente pero sobre todo sin parar imágenes dantescas de brutalidad extrema, como la decapitación en directo de víctimas del Daesh, seguidas de imágenes del absurdo más absoluto, propias de una parodia. El absurdo, pongamos, del antepenúltimo tuit viral del presidente norteamericano -decidido claramente a ser un líder mundial por lo menos en esta categoría-. En él, con un montaje de un combate televisado de lucha libre en el que, cual energúmeno, se lanzó al cuadrilátero para derribar a árbitro, finge atacar a golpes a la CNN, acusándole de publicar falsedades sobre él.

Cierta dosis de frivolidad es comprensible, y quizás sea necesaria para mantener la cordura y la distancia. Pero hay dos variantes de frivolidad política y social que deberían preocuparnos de forma particular. La primera es la ligereza con la que se toman o no toman, bajo criterios cortoplacistas, partidistas o intereses aún menos generales, decisiones trascendentales para el bienestar de nuestros países y sus ciudadanos. Va acompañada de machacones mensajes y spin político que a menudo no significan nada realmente. La segunda es la sorprendente facilidad con la que se rebasan en nuestro lenguaje político y nuestra comunicación social las fronteras entre tragedia y parodia, entre aquello de lo que uno como norma no debiera reírse o hacer mofa fácilmente, y la mofa o broma en sí. Esta última frivolidad es distinta a la sátira, pues no contiene ninguna lección aprovechable para el pensamiento crítico y la democracia.

El Reino Experimental

Hubo un tiempo en el que muchos admirábamos las cualidades de la mejor tradición política británica. Leíamos las propuestas que el ejército de Oliver Cromwell, en plena Guerra Civil inglesa, hizo en los debates de Putney, de enorme contenido revolucionario, democrático e igualitario para la época. Nos entusiasmábamos por pensadores como Burke o estadistas como Churchill, por no hablar de fenómenos como los Beatles. Seguíamos las discusiones sobre escuelas, impuestos u hospitales en el Parlamento británico, en las que el representante medio desplegaba una capacidad y elegancia retórica así como sentido del humor muy superiores a los de la Carrera de San Jerónimo. Queríamos un Reino Unido fuerte, con su gran servicio diplomático y su presencia global, en una Europa abierta, una relación que justificaba esa voz discordante y su freno a dogmas federalistas alejados de la realidad.

Pero aquella nostalgia se ve hoy superada por el escepticismo, la sorpresa y el hastío con este Reino Unido. En vez de mirar al pasado, como hace hoy gran parte del segmento político y social de las islas británicas, mejor aceptar su realidad presente. Mejor mirar fríamente a este país, al igual que el EEUU de Trump, como un laboratorio moderno de experimentos políticos y sociales, unos específicos de su contexto, otros menos. Casi, un anti-modelo de políticas y formas de liderazgo que el resto de europeos no deberíamos emular.

En mi opinión, estas elecciones han sido, de nuevo, no tanto sobre el Brexit ni mucho menos Europa. Más bien, han girado en torno a dos formas de liderazgo político que desde perspectivas diferentes se presentan como respuesta ante los males que nos aquejan, como la inseguridad, pero sobre todo como opciones ante las rupturas del consenso político.

No nos resignamos

Europa y la familia de democracias que constituyen su esencia están en crisis. Esta vez es diferente. Peligra el modelo de convivencia, democracia abierta y seguridad compartida que ha creado uno de los espacios de paz y prosperidad más exitosos de la historia moderna. Europa tiene por delante muchos desafíos, pero tres son inminentes y podrían resultar demoledores.

En primer lugar, contemplamos el avance de un realineamiento autoritario global, acompañado de un revisionismo de la historia, de sus hechos establecidos y normas básicas. La combinación de geopolítica amoral, líderes autoritarios y juegos de poder es tentadora para nostálgicos de imperios y épocas pasadas, y es sin duda atractiva para políticos sin escrúpulos. Pero también es la misma combinación que a nuestros abuelos y bisabuelos les trajo desgracias, sufrimiento y generaciones perdidas.

Una Europa asediada por el miedo

Tenemos miedo. O cuanto menos, en esta nueva era de inseguridad, nos asola la incertidumbre existencial sobre si podremos continuar con la normalidad de cosas básicas como coger el metro, tomar algo en una terraza o ir al área de salidas de un aeropuerto. La normalidad ordinaria de nuestras vidas occidentales, claro, un lujo en el resto del mundo, desde luego en el vecindario de Europa. Vecindario que lleva años en llamas entre guerras, revueltas seguidas de guerras, represión y terrorismo por doquier, en Sahel o Cáucaso, más allá de Oriente Medio. Esa inestabilidad está dentro de nuestras sociedades y precede, mal que les pese a los populistas, pero, desgraciadamente, también a los partidarios del multiculturalismo sin matices, a la dramática crisis de refugiados. Una crisis cuyas fuentes últimas hay que buscar en el colapso de estados diseñados en la etapa colonial, a veces fuertes para ahuyentar a su población civil, a menudo débiles frente al Estado Islámico (IS) y otros. Pero, en esta inestabilidad, también han jugado un papel la impotencia y pusilanimidad de una política exterior occidental aquejada por el síndrome de Afganistán e Irak, o la crisis de la tambaleante arquitectura de gobernanza global. Instituciones que funcionan para salvar a bancos tóxicos que ponen el sistema financiero en peligro, como en 2009, pero no para superar la brutal Realpolitik de los vetos cruzados de grandes poderes que, junto con las interferencias de sus aliados regionales, hacen que crisis como Siria en 2011 sean ya como varias Bosnias.

El Mundo