El fin de ETA: carta a Gorka

En ese punto de la bahía de la Concha la playa desaparece en marea alta y los bañistas más previsores dejan sus toallas en la repisa de la fachada de La Perla. Las olas suben la pendiente de arena y llegan a lamer las paredes, grisáceas por el paso del tiempo. Es un buen lugar para nadar hasta el gabarrón y salir fuera de las boyas, hacia la isla de Santa Clara, si uno se siente valiente, o hacia Ondarreta, como hazaña menor.

Recuerdo un día de primavera, a finales de los 90, en el que caminaba por la orilla cuando vi a Gorka sentado allí. Fumaba, con la mirada fija en el mar. Al verme hizo señas para que me acercara. No recuerdo cómo conocí a Gorka. Quizá en una de esas noches por la Zona, donde solíamos alternar entre los txupitos del Zakro o el TKC. Solía encontrármelo, a menudo fumado, los ojos brillantes por la hierba, de coña con sus amigos. Alto, de pelo negro largo y rizado en el flequillo, con su sudadera violeta y pantalones bombachos, Gorka era un gran tipo. Jovial, uno o dos años mayor que yo. No teníamos el mismo gusto musical (él estaba en el bakalao, yo en el grunge), pero conectábamos.

Me senté junto a él y charlamos de todo un poco. Al cabo de un rato, me dijo: “Nos han vuelto a quemar la tienda”. “Joder, ¿otra vez?”, respondí, sin saber bien qué decir. Su madre trabajaba como administrativa en uno de los grupos no nacionalistas del ayuntamiento donostiarra. Era propietaria de una tienda de ropa enfrente de la iglesia de San Ignacio donde nos daban la catequesis. Hacía poco que había pasado por ahí y me había cruzado con Gorka. Subido a una escalera, con los brazos remangados, pintaba de blanco la fachada de la tienda, ennegrecida tras el último ataque. La gente pasaba al lado sin prestar atención.
Letras Libres

Una Europa asediada por el miedo

Tenemos miedo. O cuanto menos, en esta nueva era de inseguridad, nos asola la incertidumbre existencial sobre si podremos continuar con la normalidad de cosas básicas como coger el metro, tomar algo en una terraza o ir al área de salidas de un aeropuerto. La normalidad ordinaria de nuestras vidas occidentales, claro, un lujo en el resto del mundo, desde luego en el vecindario de Europa. Vecindario que lleva años en llamas entre guerras, revueltas seguidas de guerras, represión y terrorismo por doquier, en Sahel o Cáucaso, más allá de Oriente Medio. Esa inestabilidad está dentro de nuestras sociedades y precede, mal que les pese a los populistas, pero, desgraciadamente, también a los partidarios del multiculturalismo sin matices, a la dramática crisis de refugiados. Una crisis cuyas fuentes últimas hay que buscar en el colapso de estados diseñados en la etapa colonial, a veces fuertes para ahuyentar a su población civil, a menudo débiles frente al Estado Islámico (IS) y otros. Pero, en esta inestabilidad, también han jugado un papel la impotencia y pusilanimidad de una política exterior occidental aquejada por el síndrome de Afganistán e Irak, o la crisis de la tambaleante arquitectura de gobernanza global. Instituciones que funcionan para salvar a bancos tóxicos que ponen el sistema financiero en peligro, como en 2009, pero no para superar la brutal Realpolitik de los vetos cruzados de grandes poderes que, junto con las interferencias de sus aliados regionales, hacen que crisis como Siria en 2011 sean ya como varias Bosnias.

El Mundo