¿Otra Rusia?

Vladislav Surkov, el demiurgo del Kremlin, nos sorprende entrando por detrás del auditorio universitario y subiendo al escenario frente a una audiencia llena de doctorandos, profesores, periodistas y políticos. Lleva una camisa blanca y una chaqueta de cuero parte Joy Division, parte comisario político de los años 30. ‘Soy el autor o uno de los autores del nuevo sistema ruso. Mi cartera en el Kremlin ha incluido ideología, medios, partidos políticos, religión, modernización, innovación, relaciones exteriores y —hace una pausa y sonríe— arte moderno.’ En vez de pronunciar un discurso, anima a la audiencia a plantear cuestiones y tener una discusión abierta. Tras la primera pregunta habla durante 45 minutos, sin dejar casi tiempo para más cuestiones. Es su sistema político en miniatura: retórica democrática y finalidad antidemocrática.”

En Nada es verdad y todo es posible: aventuras en la Rusia moderna, un brillante y atroz retrato de las élites actuales en Rusia, Peter Pomerantsev nos presenta así a Surkov, quizá uno de los spin doctors más singulares de los tiempos actuales. Surkov ha ejercido un papel clave en la consolidación del poder del sistema de Vladimir Putin a partir de dos elementos fundamentales: show business mediático y lo que en el espacio postsoviético se conoce como tecnología política.

El presidente mediático

Tras su periplo de años en el mundo de la pequeña pantalla rusa de la era Putin, Pomerantsev explica cómo el nuevo Kremlin, tras hacerse el presidente con el control de la televisión, combina entretenimiento occidental con autoritarismo y propaganda más o menos sutil. La nueva televisión dirigida no iba a cometer el mismo error que la URSS: volverse aburrida. Siempre está en el centro la figura del presidente, metamorfoseándose, cual actor, “en soldado, amante, cazador a torso desnudo, hombre de negocios, espía, zar, superhombre”.

Las élites rusas actuales combinan nihilismo, un perfil de superhombre y materialismo extremo

Por su parte, Surkov, desde el Kremlin, “reunía semanalmente a los directores de las principales cadenas de televisión, decidiendo a quién atacar o defender, qué líder político gozaría de espacio televisivo y quién no”. En la pantalla, la repetición hasta el agotamiento de mensajes que muestran al presidente como adalid de la estabilidad y la eficacia frente al caos y confusión de los 90, junto a mensajes negativos sobre “ellos”, “el enemigo”. Este incluye alternativamente líderes de oposición, liberales, periodistas, Occidente, EE.UU. o churki (término despectivo para los habitantes del Cáucaso y Asia central, asociados a terroristas y viudas negras).

Este discurso público, cuenta Pomerantsev, al ritmo de la creciente paranoia del Kremlin contra quintas columnas internas y externas, “se volvió más feroz al ser mayor la urgencia de incitar al pánico y al miedo, apagando la racionalidad”. En paralelo, para el mundo exterior el Kremlin invertía en extender su visión de las relaciones internacionales, presentada como la visión rusa, a través de plataformas con apariencia y formatos occidentales como Russia Today o Sputnik.

El segundo factor clave es la tecnología política: apropiarse prácticamente de todas las formas de discurso político en el mercado, penetrando ideologías y movimientos, dándoles visibilidad en unos casos, ridiculizándolos y demonizándolos en otros. Así, personajes como Surkov un día apoyan (o crean) ONG, partidos y líderes liberales críticos con el Kremlin (pero no demasiado). Al siguiente, los colocan en el centro de críticas por fuerzas ultranacionalistas y fundamentalistas ortodoxos.

Se unen así la tradición de etapas anteriores de cooptar fuerzas de oposición, presentándolas como amenaza vital, con la tecnología mediática del siglo XXI y las relaciones públicas. Una estrategia que ha funcionado bien, como muestra la eficaz propaganda rusa sobre esa Ucrania “gobernada por nazis”. Las voces disonantes en medios, sociedad civil y fuerzas políticas no solo son estigmatizadas como antirrusas y traidores, sino sobre todo, en palabras de Pomerantsev, como “hípsters moscovitas desconectados de los rusos de a pie, preocupados por temas marginales como derechos LGBT”.

Como colofón, medidas represivas más tradicionales, reminiscentes de otras épocas. De ahí derivan las decisiones de clasificar organizaciones de la sociedad civil como “indeseables” o “agentes extranjeros”, asfixiando sus actividades en Rusia; el recurso a juicios tachados de políticos por organizaciones de derechos humanos o el rechazo a la jurisdicción del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Pero la novedad de este autoritarismo es combinar represión con el sutil recurso a estrategias modernas y conceptos occidentales para controlar el pensamiento de las masas. Se deconstruye la realidad creando la ilusión de un espacio público plural (aunque no lo sea). Un espacio atractivo también para muchos escépticos con la UE, Washington y el discurso occidental.

Los clásicos ya no sirven

En esta parte de Europa, y desde luego en países como España, Francia o Italia, un mensaje central en nuestro debate político—y que se repite hasta la saciedad— es la importancia de entender a Rusia y la mentalidad rusa. Suele ir acompañado de ilustradas referencias sobre el mundo eslavo, los zares, la Unión Soviética, Dostoyevski o Tolstói. Bajo estas premisas, se tiende a rebasar la línea que separa el explicar del justificar eventos como la anexión de Crimea o la restricción de libertades en Rusia. Asimismo, en algunos sectores políticos europeos y estadounidenses existe una obcecación un tanto enfermiza con Putin; hay quienes lo idolatran (desde eurófobos como Marine Le Pen o Viktor Orbán a ciertos líderes de izquierda), y quienes lo demonizan mediante comparaciones con Hitler o Stalin.

Aún puede haber otra Rusia, la de Anna Politkóvskaya, Boris Nemtsov, Ilya Yashin y otros tantos críticos

Clásicos como Dostoyevski o Tolstói pueden servir para entender el sustrato cultural de muchos rusos y su visión de la existencia. La política exterior rusa de los zares o la URSS pueden constituir cierta guía para las tensiones geopolíticas actuales y la perspectiva rusa sobre su vecindad inmediata. Pero ni la historia, ni la geopolítica, ni mucho menos la cultura por sí mismas explican realmente la Rusia actual y el sistema de Putin. Leer bien a Pomerantsev sea quizá de mayor utilidad, desde luego para nuestros decisores políticos y ministros de Exteriores.

Es difícil estimar el impacto brutal que en una sociedad y sus élites puede tener la destrucción consecutiva de varios modelos políticos —desde la URSS a la Perestroika, el neoliberalismo y la oligarquía—. Las élites rusas actuales combinan nihilismo, un perfil nietzschiano de superhombre por encima de códigos morales y materialismo extremo. Estas élites pueden vilipendiar a Occidente desde la Duma, con elementos exaltados que amenazan regularmente a EE.UU. con el armagedón nuclear o ridiculizan “Gayeuropa”, mientras envían a sus hijos a estudiar a Oxbridge y veranean en la Costa Brava. Conceptos como la Madre Rusia o el mundo ruso (russkiy mir) sirven sin duda para movilizar un pueblo llano, conservador y necesitado de referencias colectivas en un contexto de incertidumbre y vacío moral. Pero estas ideas son sobre todo instrumentos de poder en manos de la clase dominante para desviar la atención de problemas más reales.

Ciudadanos contra zombis

De fondo hay una cuestión de erosión moral, que puede afectar a toda sociedad bien por legado de totalitarismo, conflicto, corrupción o por hegemonía de este tipo de discurso. Pensemos en ese EE.UU. irracional de Donald Trump que justifica las torturas o en la salud de la democracia en el Israel de la ocupación, con la sensación de surrealismo entre el Tel Aviv cosmopolita y el drama en Gaza a pocos kilómetros.

La Rusia que retrata Pomerantsev eleva a sistema el teatro de lo falaz y lo absurdo (como la predicción metereológica para bombardear Siria). Un sistema que en vez de ciudadanos políticos activos prefiere zomboyashchiks (zombis).

No obstante actores externos bienintencionados o convencidos activistas locales, es casi una quimera frenar tales procesos de regresión colectiva y consolidación autoritaria sin un cambio político profundo, revolucionario —que cuente probablemente con la connivencia de parte del sistema—.

A pesar de todo, a veces se entrevé otra Rusia posible. La de Anna Politkóvskaya, Boris Nemtsov y otros tantos críticos con la deriva autoritaria de la última década y media. La Rusia de jóvenes como Ilya Yashin, del partido RPR-PARNAS, contrario a la guerra de Ucrania y que sufrió todo tipo de trabas burocráticas y boicots en las elecciones regionales de septiembre. O la Rusia de esos miles de ciudadanos de Moscú que tomaron las calles a finales de 2011, generando una enorme angustia en el poder político y probablemente acelerando las decisiones represivas.

La cuestión Rusa —el encaje de este país en el espacio euroatlántico— continuará con o sin Putin. Pero otra cosa es el futuro de Rusia como país en sí mismo. El deterioro sociopolítico ha contribuido al empeoramiento de las relaciones con Occidente (y con sus propios vecinos) y limitado el margen de compromisos. Sin caer tampoco en el idealismo romántico ni en visiones maniqueas, las relaciones con esa otra Rusia serían quizá más proclives al acercamiento a Europa y la cooperación con sus vecinos.

Hoy, gran parte de esa otra Rusia opta por el exilio. Aun así, puede que sea un factor generacional o simplemente respeto por las voces disidentes con el sistema, cuando protestar es arriesgarlo todo. Pero es inevitable sentir más empatía por las Pussy Riot, por el provocador artista Petr Pavlensky o por ONG como Memorial, que sentir nostalgia por una Rusia idealizada (y menos aún una URSS idealizada), que casi ya no existe. Si estas voces disonantes desaparecen, el futuro de la Rusia orwelliana del mundo al revés que nos muestra Pomerantsev y vemos casi cada día no es halagüeño. No lo es para sus vecinos o para Europa, pero sobre todo no lo es para sus propios habitantes.