Leaving the Square: stories from Ukraine

Vira walks on unsteady legs through the streets of Sambir. From time to time, she talks to herself as she takes short steps to dodge the hazards on pavements covered with ice and snow. It is January and the temperature has dipped below minus 20. The morning breeze slashes the lips and one can barely take one’s gloves off. On reaching us, Vira looks up and smiles faintly. Vera in Russian, her name means “faith”, though she is not a believer. She is embroiled in a lawsuit against the Ukrainian state, from which she is demanding the pension of her late father, the local boss of the NKVD, the KGB’s precursor. She rejects the pension that corresponds to her as a former civil servant in one of the dusty military institutions from the previous era, though at almost one hundred euros a month, it is not an insignificant sum amidst the country’s crisis and with a devalued hryvnia, Ukraine’s currency. She says she has been deceived by the state. Such mistrust of the state is common; historically, it has worked in favour of the ruling classes, people like Vira’s father.

Belonging to the NKVD brought respect based on terror, but also status and privileges. As in Orwell’s Animal Farm, in the new Soviet society, everyone was equal, but some more than others. Vira is one of those people whose situation became virtually frozen, like Sambir’s pipes these days, with the disappearance of the Soviet Union. Her gas and electricity have been cut off after she stopped paying the bills.

 

Cuando dejas la plaza. Historias de Ucrania

Las protestas del Maidán de fines 2013 y principios de 2014, a las que millones de ucranianos se refieren como la Revolución de la Dignidad, sacaron a la calle a mucha gente cansada de la corrupción, la inseguridad y la falta de oportunidades, y contrarios al gobierno del entonces Presidente Yanukovych. Tras la caída de éste, Rusia se anexionó Crimea y apoyó revueltas en el este del país. Los activistas y reformistas que ocuparon las plazas intentan mantener el espíritu del Maidán y hacer de Ucrania un país más democrático y justo, pero se enfrentan a una élite política oligárquica que frena reformas clave, a una dura crisis económica con costes sociales, y a un ambiente polarizado con la guerra con Rusia.

El choque de democracias europeas

La ideología tiene muchas ventajas en política y relaciones internacionales. Ver todo problema humano o conflicto bajo un mismo prisma evita el imprevisible e ingrato proceso del análisis, bajo ángulos diferentes, del contexto concreto; pros y contras de las distintas opciones posibles, y nuevos argumentos que aconsejen una vía política distinta a la preferida, por encima de los propios paradigmas, convicciones y prejuicios. Uno gana en seguridad, un bien escaso en esta etapa de incertidumbre y miedo. Las ideas y dogmas políticos infalibles nos dan, además, algo en lo que creer, cuando parece que ya no quedan doseles sagrados, se tambalean las instituciones comunes y el liderazgo convencional no tiene credibilidad.

Los indignados balcánicos

Dit i Nat es un café hípster del centro de Pristina y punto de encuentro para el sector cosmopolita de Kosovo. Hablando con Besa, periodista, sobre la preocupante crisis política en su nuevo país, la peor desde su independencia en 2008, se muestra frustrada. Como muchos jóvenes kosovares con su nivel de formación y perspectiva, Besa es contraria al Gobierno bendecido por la comunidad internacional. Un Gobierno que, como quien baraja las cartas, tiene las figuras de siempre, algunas vinculadas en su momento al Ejército de Liberación de Kosovo (UCK, en albanés) y su pasado criminal, como el presidente, Hashim Thaci. Besa y otros muchos quieren que su país pase página de esta “casta” de exguerrilleros y de la corrupción reinante. Su lectura de la situación y su perfil social la convierten en simpatizante del partido Vetevendosje (autodeterminación), temido por Occidente y que estos días es noticia por tirar bombas de gas en el Parlamento de Pristina y boicotear eventos como la propia investidura de Thaci la semana pasada.

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Una Europa asediada por el miedo

Tenemos miedo. O cuanto menos, en esta nueva era de inseguridad, nos asola la incertidumbre existencial sobre si podremos continuar con la normalidad de cosas básicas como coger el metro, tomar algo en una terraza o ir al área de salidas de un aeropuerto. La normalidad ordinaria de nuestras vidas occidentales, claro, un lujo en el resto del mundo, desde luego en el vecindario de Europa. Vecindario que lleva años en llamas entre guerras, revueltas seguidas de guerras, represión y terrorismo por doquier, en Sahel o Cáucaso, más allá de Oriente Medio. Esa inestabilidad está dentro de nuestras sociedades y precede, mal que les pese a los populistas, pero, desgraciadamente, también a los partidarios del multiculturalismo sin matices, a la dramática crisis de refugiados. Una crisis cuyas fuentes últimas hay que buscar en el colapso de estados diseñados en la etapa colonial, a veces fuertes para ahuyentar a su población civil, a menudo débiles frente al Estado Islámico (IS) y otros. Pero, en esta inestabilidad, también han jugado un papel la impotencia y pusilanimidad de una política exterior occidental aquejada por el síndrome de Afganistán e Irak, o la crisis de la tambaleante arquitectura de gobernanza global. Instituciones que funcionan para salvar a bancos tóxicos que ponen el sistema financiero en peligro, como en 2009, pero no para superar la brutal Realpolitik de los vetos cruzados de grandes poderes que, junto con las interferencias de sus aliados regionales, hacen que crisis como Siria en 2011 sean ya como varias Bosnias.

El Mundo

¿Otra Rusia?

Vladislav Surkov, el demiurgo del Kremlin, nos sorprende entrando por detrás del auditorio universitario y subiendo al escenario frente a una audiencia llena de doctorandos, profesores, periodistas y políticos. Lleva una camisa blanca y una chaqueta de cuero parte Joy Division, parte comisario político de los años 30. ‘Soy el autor o uno de los autores del nuevo sistema ruso. Mi cartera en el Kremlin ha incluido ideología, medios, partidos políticos, religión, modernización, innovación, relaciones exteriores y —hace una pausa y sonríe— arte moderno.’ En vez de pronunciar un discurso, anima a la audiencia a plantear cuestiones y tener una discusión abierta. Tras la primera pregunta habla durante 45 minutos, sin dejar casi tiempo para más cuestiones. Es su sistema político en miniatura: retórica democrática y finalidad antidemocrática.”

En Nada es verdad y todo es posible: aventuras en la Rusia moderna, un brillante y atroz retrato de las élites actuales en Rusia, Peter Pomerantsev nos presenta así a Surkov, quizá uno de los spin doctors más singulares de los tiempos actuales. Surkov ha ejercido un papel clave en la consolidación del poder del sistema de Vladimir Putin a partir de dos elementos fundamentales: show business mediático y lo que en el espacio postsoviético se conoce como tecnología política.

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Vieja Ucrania, nueva Ucrania

Anna mira fotos de las víctimas en la plaza del Maidán.
Anna mira fotos de las víctimas en la plaza del Maidán.

En los 90, cuando los niños entonaban el himno nacional, como todos los lunes, en su escuela en Sambir (al oeste de Ucrania), Anna no sentía nada. Era un rito ajeno, relativo a un ente impersonal, el Estado, que no concitaba muchos sentimientos. Más bien, recelos. Ante esa superestructura burocrática corrupta, al igual que en Rebelión en la Granja de George Orwell, unos eran más iguales que otros. Una superestructura capaz de prestar algunos servicios públicos —y de oprimir cualquier atisbo de disidencia—. El nuevo Estado independiente se parecía mucho al anterior, en la URSS.

En Ucrania, de manera aún más acusada que en otros países del extinto bloque comunista, las élites soviéticas se adaptaron para preservar sus cuotas de poder, repartiéndose los recursos públicos con los oligarcas. Estos, hasta hoy, han sido los dueños (literalmente) del país, divididos en clanes como el de Donétsk, al que pertenecía el caído presidente Víktor Yanukóvych.

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Srebrenica 20 años después

Fueron entre 7.000 y 8.000 asesinatos entre el 11 y el 13 de julio de 1995. La matanza de Srebrenica fue el colofón de una secuencia de actos genocidas y de limpieza étnica cometidos en los Balcanes.

Incluso para estándares balcánicos, Bosnia Este, con sus montañas, valles y bosques, es una región aislada, mal comunicada, cuyas carreteras a menudo se cortan por la nieve. Este aislamiento afecta en especial a algunas municipalidades y MZs, comunidades locales (mjesne zajednice), que hoy incluyen a gran parte de exrefugiados y desplazados internos, bosnios en su mayoría (de forma un tanto simple denominados musulmanes bosnios), que volvieron a su lugar de origen tras la guerra. El aislamiento que también es político y social, al ser hoy minoría en áreas donde antes de 1992 eran mayoría.

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Eight inconvenient truths on Bosnia and EU policy in the Western Balkans

Predictably, Bosnia’s October general elections have so far failed to deliver the change hoped for in the wake of the protests and participatory democracy movements of earlier this year – dubbed, perhaps prematurely, the Bosnian Spring.

It is hard to set in motion a fundamental democratic transformation of the sort that Bosnia needs without a real democratic constituency and political culture. This was the inevitable impression produced in February, to the despair of grass-root activists, when they compared the throngs of people (many of them unemployed) crowding Sarajevo’s cafés and terraces from Baščaršija to Marshala Tita with the few hundreds who mobilised for “revolucija” near Ali Pasha’s mosque. As some analysts have aptly said, the disappointing results of the elections make rational sense in a rotten system defined by – with or without Dayton – contactocracy (stela) and patronage networks.

Europe must not neglect the Western Balkans

Last week’s international conference on the Balkans, convened by German Chancellor Angela Merkel, has – as expected – gone largely unnoticed. The Berlin conference was aimed at sending a message of support for the Balkan countries’ European ambitions, meant to bolster the promises that the European Union made to the Balkans in more self-confident days. However, these promises now seem uncertain, against the backdrop of increasing enlargement fatigue, the anti-climactic statements of incoming European Commission President Jean-Claude Juncker and other EU leaders, and the harsh rhetoric of political forces which, in the current populist mood, associate enlargement with greater migration and insecurity.

Even in the midst of its own internal crisis and the worsening global crises from Ukraine to Iraq, Europe can ill afford to neglect the one region in which the EU has assumed full leadership as a foreign and security policy actor. It was the Balkans’ 1990s dramas that provided the catalyst for the idea of an EU with security responsibilities.