Vieja Ucrania, nueva Ucrania

Anna mira fotos de las víctimas en la plaza del Maidán.
Anna mira fotos de las víctimas en la plaza del Maidán.

En los 90, cuando los niños entonaban el himno nacional, como todos los lunes, en su escuela en Sambir (al oeste de Ucrania), Anna no sentía nada. Era un rito ajeno, relativo a un ente impersonal, el Estado, que no concitaba muchos sentimientos. Más bien, recelos. Ante esa superestructura burocrática corrupta, al igual que en Rebelión en la Granja de George Orwell, unos eran más iguales que otros. Una superestructura capaz de prestar algunos servicios públicos —y de oprimir cualquier atisbo de disidencia—. El nuevo Estado independiente se parecía mucho al anterior, en la URSS.

En Ucrania, de manera aún más acusada que en otros países del extinto bloque comunista, las élites soviéticas se adaptaron para preservar sus cuotas de poder, repartiéndose los recursos públicos con los oligarcas. Estos, hasta hoy, han sido los dueños (literalmente) del país, divididos en clanes como el de Donétsk, al que pertenecía el caído presidente Víktor Yanukóvych.

Veinte años y varias revoluciones fallidas después, las revueltas del Maidán y la guerra han impulsado un patriotismo diferente en la sociedad ucraniana, más transversal, uniendo por momentos distintas sensibilidades identitarias. Han conferido un nuevo significado, más tangible, a lo que antes eran ritos y símbolos más bien formales. Algo que mostraron recientemente el cineasta Oleh Sentsov y el activista de izquierdas Oleksander Kolchenko, cantando el himno ucraniano tras escuchar sus sentencias —criticadas por organizaciones como Human Rights Watch— de 10 y 20 años de cárcel. El tribunal militar ruso les condenó por planificar supuestamente actos terroristas en la anexionada Crimea, de la que ambos son originarios.

Las revueltas y la guerra han impulsado un patriotismo transversal en la sociedad ucraniana

La revolución del Maidán catalizó un profundo hastío ante la impunidad y el abuso de tales élites cleptocráticas y su Estado  —lo que los rusos llaman proizvol (tiranía, arbitrariedad)—. En la escena pública ucraniana actual, la protesta en la calle y fuera de las instituciones ha dado paso a movimientos cívicos de modernización de ese mismo Estado oligárquico, también desde dentro de sus instituciones. Pero al conflicto político le siguió la guerra, casi al mismo tiempo que Yanukóvich huía de su dacha con las sacas llenas. Este novedoso discurso de reformas compite, pues, con otro de defensa del Estado, subrayando la urgencia de su independencia.

Un espacio público alternativo

Los nuevos tiempos los encarna un movimiento voluntario, cívico, casi inédito en el espacio postsoviético y en otras conflictivas partes de Europa, como los Balcanes. Este activismo se desarrolla al margen de ese mismo Estado que sigue sin inspirar confianza, y a menudo lo sustituye en la prestación de servicios como la asistencia a desplazados internos o a soldados inválidos. Es casi un espacio público paralelo, que intenta no contaminarse por la vieja Ucrania. Así, el dilema central es que es un Estado al que hay que defender frente a la agresión, pero es también un Estado contra el que hay que luchar para cambiar el país.

En Kiev, Kateryna se expresa en ruso, como es habitual en la capital, e inglés, como es frecuente entre los jóvenes activistas que hoy participan en la política ucraniana. Ella tiene, como unos pocos elegidos, un visado Schengen y está impresionada con las carreteras de Polonia y Alemania, muy distintas a las de su país, cuyo mal estado es una de las fuentes de rechazo a las autoridades locales, asociadas con el mal gobierno o con vínculos con tramas criminales. Existe frustración por la lentitud del proceso para liberalizar visados con la UE y las falsas expectativas alimentadas por el Gobierno de Arseni Yatsenyuk. Kateryna confiesa no tener interés alguno en viajar a otros países para los que los ucranianos no necesitan visado, como Rusia, Bielorrusia o Azerbaiyán. Visitó Rusia una vez, pero ya no quiere volver allí. Parece lógico ante las crecientes detenciones y juicios sin garantías, como el de Sentsov y otros tantos, reminiscentes de épocas anteriores. La deriva autoritaria en Rusia da miedo.

La revolución del Maidán catalizó un profundo hastío ante la impunidad de las élites cleptocráticas

Kateryna, rusófona del sudeste de Ucrania, formaría parte de una de las categorías que dice proteger Vladimir Putin en su concepto de civilización rusa (Russki Mir) y que nacionalistas radicales rusos incluirían en el fallido proyecto de Novorrusia. Los ucranianos hoy, por primera vez en su desgarrada historia, pueden empezar a elegir entre dos modelos básicos, o dos y medio: esta Europa llena de contradicciones e hipocresías y la Rusia de Putin, junto con esa noción de Eurasia que quiere imponer el Kremlin. Para muchos ucranianos como Kateryna, no hay dudas. Y no tienen ganas de ser ese puente neutral entre Occidente y Eurasia del que hablaba Putin en la Asamblea General de la ONU, y que mencionan tantos diplomáticos y estrategas como solución mágica a la crisis de Ucrania.

En otro bullicioso distrito de Kiev, Bohdan, un diplomático que dimitió en una etapa Yanukóvych marcada por los abusos (incluidas palizas de titushkis, o matones a sueldo, a periodistas y oposición), expone sus ideas de reforma radical del Estado ucraniano. Para él y otros tantos, estas son la prioridad. Por ello rechazan las provisiones de los Acuerdos de Minsk que obligan a Ucrania a reformar su Constitución para dotar de estatus cuasiindependiente a los territorios de los oblast de Donétsk y Lugánsk, en manos de los separatistas apoyados por Moscú. Minsk es muy impopular. Se ve casi como imposición de una UE que, con Alemania a la cabeza, no es capaz de defender sus propios valores, tiene prisa ante crisis más acuciantes como Siria, y prefiere hacer concesiones a Putin. Para muchos, reintegrar en Ucrania estos territorios, en tales condiciones, lastraría el futuro del país y su frágil camino hacia Europa. Hay temor a que esto beneficie a fuerzas nacionalistas y populistas, aún en minoría —como podría pasar en las próximas elecciones locales—, alimentando la inestabilidad política. Bohdan y su ONG asesoran a fuerzas parlamentarias para establecer un bloqueo con tales territorios y responsabilizar a Rusia de su administración, conforme al derecho internacional sobre territorios ocupados.

Olexiy no comparte esta idea de desconexión con la región oriental de Ucrania, el Donbás. Este periodista de Donétsk amenazado por las milicias rebeldes forma parte de una minoría que aboga por opciones de reconciliación y diálogo con los habitantes al otro lado de la línea de contacto. Eso independientemente de los líderes que Moscú pone y quita a conveniencia. Como muchos ciudadanos y activistas de Donétsk y Lugánsk, tuvo que huir a la zona bajo control gubernamental. En los territorios en manos rebeldes —y rusas— hay un sentir contrario a Kiev, sin duda acrecentado por la campaña militar “antiterrorista” del Gobierno y explotado por la propaganda rusa. Más allá de un sentimiento, en diversos grados, de vínculo con Rusia, según Olexiy reinan sobre todo la indiferencia frente a Kiev y Moscú y el miedo a cambios políticos y sociales. Sensibilidades que las nuevas autoridades en Kiev no parecen tener en cuenta. Olexiy dirige proyectos de televisión plural para los territorios en cuestión, con fuentes anónimas en el interior, y promueve un periodismo de investigación sobre las tramas criminales del Donbás.

Gran parte de las narrativas preponderantes en Europa y Occidente sobre la llamada crisis de Ucrania, muchas veces caracterizadas por la simplificación o los prejuicios ideológicos, no encajan bien con la compleja realidad en este país ni la fase actual en que se encuentra.

Las tres dimensiones del conflicto

En general, Ucrania está inmersa en un proceso revolucionario, de aspiración transformadora, y también en una profunda crisis de modelo político estatal. Confluyen varios conflictos en torno al poder, la identidad y el concepto de nación. Por lo menos tres dimensiones son clave.

La primera, una lucha por mayor empoderamiento popular frente a las élites cleptocráticas, la vieja guardia; contra su impunidad (de ahí la idea de “revolución de la dignidad”) y por un mejor gobierno. Junto con un singular factor generacional y de métodos de movilización de masas a través de redes sociales, se dan bastantes similitudes con las revueltas en el mundo árabe o incluso, con matices, con nuestros propios movimientos como el 15-M. El elemento educativo es también notable (Ucrania es un país con índices altos de educación, conforme a la OCDE), como lo es el género, reflejado en el activismo de tantas Katerynas o Annas.

Una segunda dimensión es el factor identitario y nacional. Pero no lo es exactamente en el sentido habitual expresado en ciertos análisis y en la prensa. La frecuente división Ucrania oeste-Ucrania este, el prisma binario (prorrusos, proeuropeos) o el componente lingüístico son más relativos y no se corresponden tanto con la realidad en el terreno. Así, solo a título de ejemplo, ciudades de ese este prorruso como Kharkiv o Dnipropetrovsk son un foco de movilización proucraniana y de voluntarismo en apoyo a un Ejército que a menudo habla ruso. Hay, es verdad, otras sensibilidades e intentos de “ucranización”, en parte producto de resentimientos ante la rusificación padecida bajo la URSS, en la que además hubo un elemento de clase dominante. Asimismo, algunos ámbitos de poder local mantienen una cierta ambigüedad práctica, visto lo volátil de la política en este país. Pero más bien hay que hablar en general de un complejo tapiz de identidades híbridas y preferencias. Lo novedoso del Maidán es que, por primera vez en la historia del país, aglutinó a ucranianos no en función de criterios identitarios ni nacionalistas —aunque los hubo— sino sobre todo en torno a valores cívicos. Valores que traspasaron clases sociales y regionales. Así, de los hipsters y activistas de Facebook de los primeros días en la plaza se pasó, tras la represión policial, a cerca de un millón de ciudadanos en Kiev, el 1 de diciembre de 2013, incluyendo, por ejemplo, trabajadores de fábricas. La identidad ucraniana no es estática, sino fluida y en discusión.

Lo novedoso del Maidán es que aglutinó a los ucranianos en torno a valores cívicos

Una tercera dimensión son las distintas luchas de poder en marcha, con algunos elementos de clase. Existe una lucha dentro del sistema entre los clanes oligárquicos que componen la vieja guardia —algunos en el Gobierno y otros pugnando por recuperarlo—. Y también una lucha contra lo que los ucranianos llaman systema (la vieja política). Esta lucha la encabezan fuerzas de cambio y actores del tejido del Euromaidán, presentes tras 2014 en algunas instituciones. Por ahora, no ha habido aún un cambio real, aunque la voluntad y expectativas de grandes segmentos sociales y ciudadanos están ahí. Ciertos líderes europeos y estadounidenses harían bien en no olvidar esta cuestión al ritmo de esta agenda para salvar Ucrania frente a los excesos imperiales de Moscú. Como en todo proceso de transición (Túnez es hoy otro ejemplo), hay tanto conflicto como compromisos entre viejas guardias y las nuevas fuerzas, entre la vieja y la nueva Ucrania. A estas tensiones de reparto de poder se une un factor de distribución de poder territorial y relaciones centro-periferia, similar a otros países.

Un nuevo proyecto de Estado

En mi opinión, Ucrania está en una fase propia de consolidación de los estados-nación del siglo XIX, con las convulsiones, conflictos y contradicciones que les fueron propios, así como en un proceso de descolonización imperial del siglo XX. Y ambos procesos tienen lugar en este siglo XXI, en plena etapa de crisis de sistemas y tensiones geopolíticas; tiempos de nuevos instrumentos y conceptos de acción política.

Existe en esta Ucrania un discurso cívico y una admirable solidaridad. Y, al igual que en la UE de nuestros días, hay discursos nacionalistas, populismo e intolerancia —a veces también entre defensores de la nueva Ucrania, dada la mentalidad de sitio que se ha generado—. En guerra, con su impacto radicalizador y en un entorno geopolítico adverso, estos últimos discursos podrían prevalecer.
La Ucrania posMaidán es un reflejo de lo mejor y lo peor de Europa. Cuestiona el relativismo y escepticismo hegemónicos en un Occidente que parece haber perdido la fe en proyectos transformadores. Y nos hace replantearnos qué significa hoy día el modelo europeo. La llamada nueva Ucrania es aún un proyecto y podría fracasar —lo tiene casi todo en contra—. Su fracaso dejaría en las puertas de la UE a otro Estado semiautoritario, fallido y cuasitutelado por potencias extranjeras; sus ciudadanos esperando, ellos también, a huir a Europa.

Ucrania está inmersa en una fase propia de consolidación de los estados-nación del siglo XIX

No obstante, esta lucha entre la vieja Ucrania y la nueva Ucrania gira en torno a cuestiones como la democratización, la equidad social y la justicia. En torno a crear estados funcionales que fomenten oportunidades y se rijan por el buen gobierno. Esta nueva Ucrania representa también un épico afán de superar el pesado legado de la historia y la geopolítica de Yalta, con sus repartos de países de segunda. Y, para ello, los jóvenes que forjan la nueva Ucrania, imbuidos tanto de una casi ingenua solidaridad como de un espíritu crítico que lo problematiza todo, promueven un discurso de cambio. Ante lo que perciben como abandono de Europa y Occidente, las banderas europeas y el idealismo han dejado paso, en parte, a un cierto sentimiento de resistencia, autoayuda y liberación nacional, además de al fatalismo y la decepción.

Los conceptos de otras etapas sobre patriotismo nacional producen incomodidad y rechazo para el cosmopolita europeo, sobre todo si vienen del Este, aunque los nacionalismos étnicos sean la tónica creciente dentro de la UE y sus viejas naciones-Estado. Pero, con todo, allí uno siente que esta lucha política por la nueva Ucrania, y evitar su fracaso, podría dar renovada vida a una agotada Europa que necesita recordar su utopía fundacional,
su razón de ser. Lo que nos une.